
Sobre el borde de un plato de sopa, se lee un mensaje sencillo y esencial: te quiero mucho. Las letras, flotando como pequeñas islas de sentido, evocan los primeros juegos con el lenguaje, cuando aprender a nombrar era también una forma de estar cerca.
En la infancia, el idioma materno se sirve junto a la sopa: se incorpora con cada cucharada, entre gestos, miradas y palabras suaves. Así como el cuerpo se nutre, también lo hace la identidad, modelada por el idioma que abraza y nombra.
En este azul delicado, el plato se transforma en un espacio de intimidad donde el amor, el alimento y la lengua se entrelazan.