
Un bosque alemán, cercano y ajeno a la vez, se convierte en escenario de nuestros paseos cotidianos. Caminamos entre árboles altos, recolectamos hojas, nombramos lo que vemos. Aquí todo habla en otra lengua: los sonidos, las estaciones, incluso los silencios.
Pero en medio de este paisaje distinto, el idioma materno nos acompaña. Lo usamos para cuidar, para jugar, para decir te quiero.
Como el azul que tiñe este paisaje, el idioma se convierte en un hilo invisible que enlaza lo nuevo con lo propio, y hace de este bosque un lugar donde también echamos raíces.