
Dos niños caminan por un jardín en Meerbusch. Van hacia la casa de la Oma, su abuela alemana, con quien comparten meriendas, cuentos y tardes cotidianas. Pero en el aire también flota otro lazo: un mensaje en voz infantil, grabado en español, dirigido a su abuela en Argentina.
Entre las dos casas, entre los dos idiomas, se traza una geografía afectiva donde el vínculo se despliega en más de una lengua.
El español, idioma materno, se convierte en un hilo que cruza océanos, que preserva lo heredado y que nombra lo que se ama, aunque esté lejos.
Esta imagen, acompañada por una voz que viaja, guarda un instante íntimo de pertenencia repartida y de amor dicho con palabras que no olvidan de dónde vienen.