
La imagen parte de una micrografía electrónica de transmisión que muestra una célula lactotropa, responsable de producir prolactina, la hormona que regula la lactancia. Esta diminuta estructura, casi invisible al ojo humano, sostiene uno de los vínculos más profundos entre madre e hijo: la capacidad de nutrir. Presentes tanto en humanos como en ballenas, estas células nos recuerdan que ser mamíferos es, ante todo, compartir el gesto de alimentar.
Durante ese primer tiempo de cercanía absoluta, mientras el cuerpo sostiene y calma, también comienza a transmitirse el idioma: una lengua tibia, entre susurros, miradas y respiraciones.
En este azul denso, la forma microscópica parece expandirse más allá de su escala, como si lo minúsculo revelara un eco de lo esencial: un lenguaje silencioso de vínculo y permanencia