
La imagen revela una callosidad de ballena franca austral: formaciones rugosas y únicas que surcan su cabeza como mapas irrepetibles. Como las huellas dactilares en los humanos, estas marcas permiten reconocer a cada individuo y seguir su historia a lo largo del tiempo y el océano. Sobre su superficie se instalan pequeños crustáceos llamados ciámidos, que no solo acentúan su relieve sino que hacen de cada callosidad un paisaje habitado. En este azul profundo, lo que a simple vista parece una textura abstracta es, en realidad, una huella de identidad: memoria viva inscrita en la piel del mar.